ANSIEDAD Y ANGUSTIA

Categoría: Melquíades Publicado: Lunes, 30 Enero 2017

La vida de cada uno de nosotros es también una ventana a la vida de otros, como en La ventana indiscreta de Hitchcock (1984). Al parecer esta película inspiró a Bigas Luna para rodar Angustia (1987). La película cuenta la historia de un desequilibrado totalmente dominado por la omnipresencia de su madre. Con aquella escena donde los espectadores hipnotizados por la pantalla de cine (dentro del cine), mientras el psicópata lleva el horror a sus vidas reales, vemos, efectivamente, una terrible angustia causada por Otro que lo ha llenado todo en la psiquis del protagonista. 

La vida de cada uno de nosotros es también una ventana a la vida de otros, como en La ventana indiscreta de Hitchcock. Al parecer esta película inspiró a Bigas Luna para rodar Angustia (1987). La película cuenta la historia de un desequilibrado totalmente dominado por la omnipresencia de su madre. Con aquella escena donde los espectadores hipnotizados por la pantalla de cine (dentro del cine), mientras el psicópata lleva el horror a sus vidas reales, vemos, efectivamente, una terrible angustia causada por Otro que lo ha llenado todo en la psiquis del protagonista.

¿Por qué muchas fuentes médicas replantean la relación entre ansiedad y angustia? ¿Tiene un verdadero nexo con la caída de la función paterna?

En el diccionario de la RAE la angustia se define como aflicción, congoja y ansiedad; también como sofoco, sensación de opresión en la región torácica o abdominal. Y la ansiedad se define como estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo. Y como un tipo de angustia que suele acompañar a muchas enfermedades, en particular a ciertas neurosis, y que no permite sosiego a los enfermos.

Una las cuestiones derivadas de estos puntos de vista es que la ansiedad es comprendida como medida anticipatoria de defensa ante una posible amenaza. Una especie de defensa ante aquello que puede potencialmente afectar la estabilidad. En otras palabras, la ansiedad prepara para una lucha por la supervivencia que ha resultado vital para nuestro desarrollo como especie. Sin embargo, lo que ahora vemos es esa estrategia adaptativa intentando dar respuesta a peligros ya no asociados exclusivamente a la naturaleza, sino a nuestro modo de vida. Esto está provocando que aquello que no debería provocar temor, porque hacemos parte de una formación social y existimos bajo una situación civilizada, mantenga al sujeto cautivo de toda clase de agitaciones.

La manera como vivimos, de hecho, conserva muchos de los rasgos a los que nos enfrentamos desde el principio de nuestra andadura por el mundo. Pero el problema de la imagen o la simbolización posindustrial de la primitiva fiera hambrienta que nos persigue para devorarnos desde la época de las cavernas es que codifica la sensación de peligro en situaciones demasiado dispares. Es decir: que junto a la amenaza real están otras muchas coyunturas que no lo son, pero cuya anticipación ansiosa hace parecer terrible.

Existen tres grupos que reúnen las respuestas de ansiedad: Síntomas subjetivos, cognitivos o de pensamiento. Síntomas motores observables. Síntomas fisiológicos y corporales. En el estudio del cuadro sintomático es de crucial importancia conseguir una visión general e integral de todas las respuestas de ansiedad, en lugar de enfrascarse en una lucha médica contra los síntomas (separadamente). No se trata de combatir una cascada de consecuencias, sino de reforma crítica de todo un modelo de realidad vital (lo que inevitablemente contiene una interpretación socio-política). En otras palabras, considerar seriamente la dimensión subjetiva del paciente, antes que tomar un problema cardiaco, respiratorio, motriz o cognitivo como aspectos singulares o sin relación entre sí. 

Estas prácticas, tan habituales en la medicina actual, también facilitan la acción de los mandatos de goce (del Otro), por ejemplo, mediante un consumo de mediadores químicos que teóricamente podrían revertir o resolver las tensiones de toda esa cadena de ansiedades. Tales mandatos de goce, cómo no, se manifiestan igualmente en todas esas nuevas “tecnologías” de autoayuda y crecimiento personal (también como “crea tu marca personal”) que buscan proporcionar herramientas que, precisamente, faciliten la adaptación forzosa del sujeto a los grandes sin-sentidos de nuestro momento histórico: la radicalidad del libre mercado, la seguridad como valor del Estado o la normalización de cierta dualidad sectarismo-ansiedad revelada en la manera violenta como resolvemos nuestras contradicciones y llenamos nuestros vacíos estructurales.

Existe, por supuesto, un punto de análisis donde angustia y ansiedad tienen lecturas relacionadas pero con origen distinto; la primera aparecida en lo subjetivo y la segunda en lo biológico. Se piensa que la presencia de la angustia en la terminología médica se debe a un conocido decaimiento de la función paterna (dramatizando aún más al Otro y sus mandatos de goce). Este decaimiento ayuda a desestructurar al sujeto, ya que arroja la prohibición y la identidad (la función lo inscribe en una genealogía) en un terreno de arenas movedizas, donde la Ley ya no orienta al individuo y el nexo social se ve debilitado. Sin la función paterna no tenemos oposición o negativas al exceso de goce (planteamiento de Freud, influido por la moral victoriana).

En el goce sin freno también está la violencia como herramienta de ingeniería social: sin un significante orientador entran en juego esas peligrosas máximas publicitarias del libre mercado y el consumo irresponsable, donde no hay límites para quienes se atreven a sentir (¡Goza!).

Para la psicoanalista Melanie Klein hay una amplia gama de ansiedades desde el nacimiento del sujeto, que ayudan a revelar dos cosas: que todavía no están formadas ni la demanda del Otro ni la inserción en lo simbólico. ¿Qué quiere decir todo esto? Probablemente, en ideas de Freud, que el lactante experimenta el comienzo de la ansiedad a raíz del anhelo por alimentarse. Lo que escenifica como experiencia traumática o peligrosa lo ocurrido a partir del mismo nacimiento. Desde aquí se argumenta que esas primeras ansiedades están relacionadas con la formación del Superyó (y su vínculo con el Otro). Ya en el adulto podríamos ver la aparición de la ansiedad como demanda inmediatista (¿satisfacción?), imposible de resolver, y redirigida al consumo sin control. En la experiencia clínica observaríamos una especial manifestación de la pulsión de muerte: una especie de autoexilio que impide buscar parte de las respuestas en la propia subjetividad, a la vez que el Otro es culpabilizado.

Melanie Klein

Klein ofrece otra perspectiva interesante: todo lo anterior traduce, entre otras cosas, una especie de rechazo a la pulsión de vida, que nos conduce a una específica caracteropatía. «Una caracteropatía es una entidad patológica, un trastorno que se caracteriza por la preponderancia de un determinado rasgo de carácter que ‘invade’ la conducta de la persona, incluso más allá de su voluntad, y dificulta o afecta su adaptación, el desarrollo de sus capacidades, sus relaciones interpersonales, etc. Este rasgo es, en estos casos, siempre patológico por esos motivos. Por ejemplo, los rasgos de carácter impulsivos, obsesivos, narcisistas, etc.» (Cazau P (2003) Vocabulario de Psicología). Al interior de esta entidad patológica se estructuran dos tipos de ansiedades: paranoides (en la destrucción del Yo) y depresivas (en la desestructuración del objeto amado por parte del impulso destructivo del niño).

Todo el universo de las ansiedades vuelve a tener un momento álgido con la aproximación de la pubertad, donde la libido es campo de batalla entre las demandas del Ello y las restricciones mandadas por el Superyó. Es decir, la ansiedad guarda parte de su poder sobre la situación anímica del sujeto en la pérdida de peso de la sublimación y la adaptación a la realidad.

En Freud (Inhibición, síntoma y angustia, 1926) se argumenta la ausencia del otro sujeto “ansiado” como raíz de la alteración: como producto de una larga espera sin resultados (ese Otro sin deseo manifestado o simbolizado provoca la ansiedad, al igual que la presencia enorme y abarcadora de su deseo provoca la angustia). Desde varios ángulos la ansiedad es inmediatista, no admite fácilmente la mediación. Lo que forma un círculo nefasto para el sujeto, ya que se ve forzado a la solución farmacológica (que podría eclipsar la subjetividad). En ningún caso es un retorno a los cimientos simbólicos, con objeto de recontextualizar la situación “límite” del individuo.

Hemos de recordar que la identidad del sujeto es una construcción dada en el lenguaje, y que éste se halla en el Otro. El Yo es una arquitectura que parte del Otro. Lo cual puede significar, de una forma u otra, que podemos caer en un exceso de ese Otro: un incremento de tensión… ansiosa que deviene en agustiosa. Una parte muy grande de los crímenes del protagonista de Angustia está en la poderosa presencia de la madre. Ahora bien, la argamasa usada en la construcción es el relato: el papel del significante (como se ha dicho el lenguaje está originalmente en el Otro). También desde el punto de vista de la lingüística: el significante como fonema o secuencia de fonemas que, asociados con un significado, constituyen un signo lingüístico (RAE). Y un sujeto también es como un gran signo, un sistema semántico autoconsciente.

Desde otra lectura relacionada, la ansiedad también tiene que ver con el mecanismo conocido como inhibición: un rasgo básico del Yo que permite su estabilidad (narcisismo, tal vez lo que algunos autores han definido como posmoderno culto a la imagen). Cuando la lógica de la inhibición no está centrada como parte fundacional de la psiquis, ésta degenera en ansiedad.

Lo ansioso es como un goce permanente, el límite, lo que conecta con la angustia: donde observamos una alianza peligrosa entre demandas del Otro y pulsión. Esto presta parte de la base a esa “leyenda” según la cual la ansiedad como motor puede ayudar a crear una respuesta inmediata, pulsional, a la necesidad (mediante un objeto). Pero la absoluta “fe” en la potencialidad del objeto para resolver la tensión esconde un elemento funcional básico del, por ejemplo, libre mercado: el objeto-precio señuelo (compremos para disipar esa extraña incomodidad con la vida y el mundo). El fallo de esos señuelos, entre otras cosas por la falta de capacidad de real para universalizar el consumo, hace reaparecer el temible fantasma de la angustia.

La ansiedad aparece porque el sujeto necesita defenderse del exceso de goce; recordemos que éste surge en los mismos orígenes de Superyó: es lo pulsional sobre un objeto, escondido en la orden de goce.

En cuanto a la angustia, específicamente, se convierte en objeto de estudio desde el cometido de ofrecer contención a la marea del goce. Su papel de “agente de tráfico” entre deseo y goce también la convierte en respuesta a un punto de interrupción en este incontrolado continuum (del goce). En cierta forma, la angustia retorna violentamente al sujeto a sí mismo, ya que provoca un sentimiento de malestar claro a modo de alarma. Por supuesto, la angustia puede ser inconsciente (ante una amenaza de sufrimiento) o consciente (el Yo ante un dolor probable).

En Freud, existe una angustia originaria: aquella producida por la pérdida, por ejemplo, en el lactante. Que se intenta resolver mediante una búsqueda de objeto (lo que la hace cercana a la ansiedad). Y existe una angustia secundaria: reacción al peligro de castración, es la acción de escapatoria del agresivo mandato del Superyó. La pérdida definitiva del “objeto investido”, como la madre, instala definitivamente a la angustia en la psiquis. Como es conocido, Freud sintetizó una neurosis de angustia en cuanto conjunto de síntomas:

Uno. Excitabilidad general (exceso). Dos. Expectativa angustiada (estado permanentemente anclado en el sujeto). Tres. El ataque angustioso en sí (temporal y con signos corporales evidentes). Este último conjunto es el argumento dominante en el diagnóstico médico: el cuadro psicosomático.

En Lacan este debate tiene otra vuelta de tuerca: la angustia aparece en el afecto enfrentado al deseo del Otro. Surge en el nexo tormentoso con el objeto perdido: la cosa, (Das Ding). Estamos refiriéndonos al objeto “a”, como el centro sin el cual la angustia no existiría.

Recordemos que “a” traduce al objeto de deseo inalcanzable y causa del deseo. El individuo gobernado por las pulsiones (investidas en el lenguaje) es todo deseo. Tales pulsiones no cuentan con un objeto definido o concreto. El deseo, por otra parte, salta de un objeto a otro en cada realización ideal de sí mismo. 

Si bien el Yo es imagen reflejada, debe aclararse que hablamos de un reflejo que parte del deseo del otro (de la madre). El Yo es una arquitectura emergente que viene para ocupar el terrible vacío dejado por la pérdida del objeto: “a”, resultado de todas las escisiones (a partir del Otro) que marcan la llegada del individuo al universo de lo simbólico. Describimos un terreno de gran peligro e inestabilidad, donde la falla del orden simbólico podría significar la confusión entre lo real y lo imaginario, arrojando al sujeto a las fronteras de la cosa.

En efecto, la cosa debe ser “asesinada” como condición para el arribo al universo de lo simbólico, desde donde constituir a un sujeto capaz de exteriorizar sus estados emocionales, incluso en el "límite".

Pero junto a todos estos fenómenos psíquicos encontramos, como su opuesto, al cuerpo. Éste, como descubriera Freud, es muy sensible a todos los procesos inconscientes (conversión). Por ejemplo, lo que observamos como síntomas histéricos visibles (cuerpo) son “traducciones” de origen inconsciente. En Lacan hay una lectura del cuerpo desde sus tres registros: Uno. Imaginario: su imagen como totalidad. Cuya teorización Lacan denominó “fase o estadio del espejo” (como sabemos el estadio del espejo en verdad se origina en la imagen devuelta desde el Otro, la madre). Gracias al imaginario conocemos la relación entre los tres registros. Por ejemplo, el Otro recrea y emite una imagen y un relato (palabras) sobre el otro, lo que introduce lo denominado como “imagen especular”.

El “desplazamiento de energía” que implica el investimento libidinal alrededor del cuerpo es uno de los factores, tal vez, fundadores del sujeto (ya que ayuda a determinar cómo será la relación del sujeto con su propia estructura); y es uno de los fenómenos observados en la relación con el Otro.

Dos. Simbólico: refiriéndose a toda la gama de significantes, que incluyen la dimensión inconsciente. Pero que también involucran a los modelos que configuran la identidad dada, heredada, más el deseo residente en el Otro respecto al individuo.

Tres. Real: aquello que sospechamos imposible, inexplicable y rechazado con temor. Las razones de lo Real están en todo aquello del cuerpo fuera de las fronteras de lo Simbólico y lo Imaginario: algo aterrador que se halla más lejos que el relato y el ejercicio de la imaginación. Hablamos de un muro de contención finito y mortal a los deseos más tempranos, como el capricho del “pequeño” dios tirano e infantil (el niño/a).

Otro concepto cobra importancia en esta exposición: lo siniestro, una “entidad” ocupando el lugar del objeto provocador del deseo. Es cuando angustia y necesidad (del objeto) se encuentran intentando ocupar el mismo espacio. En esto se describe una especie de reversión, tal vez parcial, del sujeto deseante: ya que la angustia viene a instalarse en donde debería estar la falta del objeto vehículo de la demanda. Lo siniestro es algo conocido, familiar aunque reprimido, que puede causar una sensación de extrañeza. Lo que nos era totalmente conocido e incluso habitual se transforma para dejar emerger algo que había permanecido oculto. Una de las cuestiones más aterradoras: lo conocido que en verdad era peligroso y amenazante. Éste aparece cuando se pierden las coordenadas del objeto (una alteración psíquica del espacio-tiempo), mientras el sujeto intenta desesperadamente aferrarse a su recuerdo-imagen de lo que era la realidad.

Para Lacan hay un vínculo claro entre la angustia y lo siniestro (aquello imposible y aterrador): el estado donde se carece de falta del objeto (necesaria para ser sujeto deseante), quedando una omnipresencia invasora. Sin posible falta (del seno materno, por ejemplo) no arribamos a la demanda ni al deseo. En lo anterior también debemos remitirnos al célebre fort-da del nieto de Freud (llegada a lo simbólico).

En toda esta cuestión, la angustia y el deseo del Otro, hay un argumento que prácticamente nos retrocede hasta Hegel y la dialéctica del amo y el esclavo: cuando los dos actores del juego dialéctico se encuentran para entablar la lucha que habrá de decidir cuál será dominado y cuál se convertirá en exponente de la cultura hegemónica, observamos un escenario donde cada uno desea ser el objeto de deseo del otro: un desear los deseos del otro. En Psicoanálisis esto se completaría con la lógica de la castración, que instituye la falta.

Deseamos el deseo del Otro, por supuesto más allá de su reconocimiento de nuestra propia legitimidad (Hegel). Con lo cual no hablamos, ahora, de un motor de la Historia, sino de una inquietante pieza estructurante de la psiquis. La angustia probablemente esté codificada en la proporción engañosa que tiene cualquier demanda (incluso de la “entidad” de la mercancía vista por Marx): lo que nos domina puede hacerlo porque lo deseamos, y lo hacemos porque lo tuvimos y nos fue enajenado (tenemos la permanente sensación de que está y no está). Al llenar ese vacío e inconsistencia, al obstruir la falta, aparece la angustia en forma de alarma sobre un goce que traspasa líneas rojas.

Hay, por supuesto, otra relación entre el ideal del goce y el universo de significaciones, que guarda un espacio vacío para esa nombrada falta. El deseo del Otro es una especie de tiranía que mantiene angustiado al sujeto, ante las dudas acerca de su propia imagen frente a ese Otro. De ahí que el surgimiento de la angustia esté tan asociado a la arquitectura del Yo: creado desde la imagen, en realidad, proyectado por el Otro. Lo que parece sobresalir aquí es un dantesco e inestable engranaje entre demanda-deseo y dolor-caricatura narcisista. El deseo como falta, ¿no nos mantiene prisioneros del Otro como si se tratase de un espectro que se niega a morir?

Por otra parte, parece que al lanzarse a resolver la demanda logramos obstruir la subjetividad: conectando entonces angustia y ansiedad. Es decir, el relato del sujeto no es usado como sustento explicativo de sus síntomas. Sin embargo, retornar a un lenguaje sobre el goce del sujeto es lo que, como siempre, puede decirnos algo sobre este sufrimiento que parece haberse apoderado de nuestra manera de vivir.    

Vladimir Carrillo Rozo .·.

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