La ciencia hace parte de la cultura

Publicado: Jueves, 07 Abril 2016

Este año se cumplirán 20 años de la muerte del gran astrofísico, cosmólogo, escritor y divulgador científico Carl Sagan (1);  quizás es en quien podemos simbolizar de manera más exacta la enorme deuda que tenemos con los hombres y mujeres que han luchado para que “nuestra cultura” también englobe y comprenda a la ciencia. Esto, en otras palabras, se traduce en explicar (enseñar) hasta qué punto dependemos de un uso cotidiano de las ciencias, no solo para sobrevivir ante los grandes desafíos de nuestro tiempo, sino para conservarnos en la querida condición de individuos que anhelan y se deben a una condición libre. 

Sagan se mantuvo muy activo casi hasta el final de su vida. En 1995 (El mundo y sus demonios. La ciencia como una luz en la oscuridad) realizaba un verdadero alegato a favor del conocimiento científico (construcción) y su integración en la vida diaria de los ciudadanos. A la vez que defendía una concientización social acerca de los peligros de la pseudociencia y en general de las formas no racionales de entender la realidad; que ya mostraban unas consecuencias mucho más profundas que la peligrosa ignorancia colectiva que hoy caracteriza a muchos grupos humanos, estableciendo una relación entre injusticia, dolor, fanatismo, etc. y la ausencia de un pensamiento científico crítico que proteja al sujeto (en su estatus de votante, creador y consumidor de riqueza y cultura) de los discursos y visiones que cada día pretenden detener la marcha de la historia. No enseñar la ciencia es algo perverso, defendió el profesor Sagan (2). 

Pero es importante, además, nombrar otro aspecto de esta problemática en la que igualmente incursionó el gran científico norteamericano: la necesidad de romper la absurda neutralidad de muchos discursos científicos respecto a los dramas que está viviendo el mundo, reclamando que el mismo aparato de las ciencias tenga un espacio en las redes de activismo social. Hablamos (no simplemente de militancias) de un compromiso social y cultural de las ciencias que logre trascender su compromiso con el poder.

El gran defensor de la ciencia en las escuelas, que soñó con que la exploración espacial fuera un tema frecuente de conversación durante la cena de las familias de Estados Unidos, formuló su faceta de activista de maneras que resultaban fascinantes. Por ejemplo su fuerte oposición a la carrera armamentista y escalada nuclear durante la administración Reagan (3).  Que estuvo íntimamente relacionada con el intento de parte de la comunidad científica de influenciar en los factores o conclusiones de Fermi (Paradoja de Fermi (4)): La Ecuación de Drake (5) señala la posible presencia de un gran número de civilizaciones tecnológicas en nuestra galaxia, pero la total ausencia de pruebas sobre su existencia podría sugerir que una cultura se autodestruye rápidamente al pasar cierto umbral de conocimientos y poder tecnológico.

Impedir que la humanidad encuentre su final en un reencuentro tardío entre civilización y barbarie, provocando un repentino silencio cósmico desde nuestra dirección, de donde antes emanaban infinidad de señales de vida inteligente, es la terea más importante y actual de las ciencias y humanidades. El día que finalmente tengamos un consenso, que Sagan sabiamente reivindicaba, sobre la total equivalencia entre ciencia y democracia, respecto a que la construcción de un pensamiento científico crítico y las acciones para su instalación y predominio en la cultura de una sociedad es incluso más importante que el debate sobre libertad de mercado, seguridad corporativa o juego electoral, habremos dado un gran paso adelante. Tal cosa únicamente puede tener un sustento real: convertir a la ciencia en base de la cultura nacional de un país (no solamente una de sus manifestaciones en la frontera), y por supuesto la superación de la dicotomía entre las dos culturas (ciencia y humanidades) (6).

Con seguridad estas posturas, que desde luego comparten varios académicos, pueden parecer demasiado radicales a muchos. Nuestras sociedades, en este sentido y efectivamente, viven entre toda clase de dispositivos y canales dedicados a difundir la ciencia (portales, blogs de especialistas y aficionados, revistas científicas, secciones de noticias en los grandes medios, etc.). Y sin embargo (las cifras de la industria editorial o de los programas de TV más consumidos dan pistas importantes) no podríamos afirmar que vivimos en sociedades claramente inclinadas a la reflexión racional o el ejercicio analítico a la hora de responder a grandes cuestiones.

Cada día hay una verdadera explosión de noticias relacionadas con las ciencias, que nos dicen muchas cosas sobre las repercusiones de nuestro modo de vida, de nuestros hábitos de consumo, etc., que a la vez nos sugieren opciones de comportamiento social para mejorar nuestras expectativas de futuro. Pero seguimos siendo incapaces de una acción ciudadana coordinada, unida y efectiva para detener esta merma de derechos sociales, seguridad ciudadana o bienestar público.

El conocimiento sobre el planeta y nosotros mismos no deja de aumentar, pero no hemos podido parar la degradación ambiental o remediar la desigualdad entre países ni al interior de nuestros territorios. La ciencia avanza pero nuestro futuro no parece nada claro, tan solo asistimos cabizbajos a las negras predicciones del cine apocalíptico. Sencillamente si las personas tuvieran mejores herramientas para la lectura y crítica de la realidad, podrían romper las cadenas noticiosas de la superficialidad. Podrían sintetizar una preocupación real por profundizar (en lugar de divagar) en las cosas que quieren influenciar su futuro. Por ejemplo las tesis de las que emanan los discursos políticos, las redes a las que pertenecen los que pretenden dirigir el Estado o lo que vertebra los grandes intereses económicos.   

Y tenemos uno de los ejemplos más graves de los últimos años: la tremenda penetración de corrientes fundamentalistas en nuestras calles. Cuando ha pasado el tiempo y vamos conociendo detalles de los perfiles de aquellos radicales que buscaron incendiar París en noviembre del 2015, nos estremecemos al entender que se trataba de jóvenes que hacía poco llevaban una vida de poco provecho como la de millones, dados a la fiesta, la indiferencia y a noches más bien disolutas. Pero que en breve tiempo pasaron de la subcultura del pequeño delincuente a supuestamente pertenecer a una organización que mediante el terror quiere escribir una página nueva en la teoría del Estado Nación.

¿Podemos afirmar que de haber tenido otras herramientas para leer la realidad, habría sido más difícil la captación de esos jóvenes en las redes del radicalismo islámico, simplemente porque tendrían a su alcance elementos con los que romper la marginalidad cultural o económica? ¿No podríamos afirmar que la ausencia o debilidad de un pensamiento científico crítico propio del tejido social está relacionada con la presencia del fundamentalismo e incluso con el crimen organizado?  

No tiene sentido negar, a estas alturas, que engañar al votante medio es relativamente sencillo. Las razones por las cuales pareciera que nos quedamos sin respuestas cuando nos preguntamos grandes cuestiones, como por qué no existe una moratoria al uso de combustibles fósiles o por qué países con grandes recursos energéticos tienen regímenes sanguinarios, pasan por la tremenda complejidad de problemáticas que no admiten una aproximación juiciosa que no provenga de un elemental pensamiento científico (fue esa la preocupación central del profesor Sagan). Es decir, un pensamiento que implique el análisis histórico, la duda, el escepticismo y un método. Sin estas cosas inevitablemente la masa social queda muda cuando se le dice, por ejemplo, que “el fenómeno yihadista” no tiene nada que ver con la vergonzosa guerra en Irak (7).

Si hemos de entender que la cultura es todo el cúmulo de cosas que configura y talla nuestro comportamiento, ¿cómo podríamos siquiera pensar en no incluir en ella a las ciencias? ¿Es que hay algo con mayor influencia en la vida diaria que las conquistas históricas de la ciencia? Y en esta lógica: Si realizamos ciertamente esfuerzos por comprender y compartir infinidad de aspectos de la vida social que consideramos (con más razón en unos casos que en otros) componentes de la cultura que nos define, como la música, el fútbol, las fiestas religiosas, etc. ¿podemos decidir no hacer ese mismo esfuerzo en el caso de la ciencia en la cultura?

Si la respuesta es negativa, estaremos asistiendo por mucho más tiempo a la torpeza asustada de la masa que intenta ser homogenizada, mediante un eclipsamiento inculto del individuo.

En un pequeño libro que publiqué en el 2014 argumentaba cómo “la sociedad que está viendo la ultimación del proyecto moderno y el decreto de la pos-posmodernidad, se asemeja cada vez más, en términos ideológicos, culturales, de consumo, movilidad, etcétera, a la megacolonia de termitas cuya Voluntad General se ve absorbida por lo Corporativo. Que ha logrado impregnar a la filosofía y la producción cultural e intelectual de un discurso apocalíptico de duro impacto en el imaginario colectivo y, en general, el estado de ánimo del actual momento histórico.

En nuestros días no es posible abordar las cuestiones de la vida anímica como antaño. El sujeto ha resultado modificado durante las últimas décadas por una serie de procesos que parecen haber traído una nueva época hasta nosotros.

El individuo que se vio y comprendió reivindicado y restituido en todos sus grados y calidades con la Ilustración, que recuperó el centro de las preocupaciones en toda la Física y Dinámica Social que los fundadores de la Sociología advirtieron, se reencuentra con sus dramas y pesadillas nocturnas en el tempus actual.

¿Qué signos se ven afectados en ese proceso? En primer lugar los relacionados con la Individualidad del sujeto, así como el problema de la Libertad y el Libre Albedrío. Que se convierten en cifras matemáticas insertas en complejísimos ejercicios estadísticos donde, las tres (libertad, individualidad y soberanía del sujeto), se revelan como el cociente de una Voluntad General esencialmente desconocida, perdida... ignorada.

El movimiento de la manada desvirtuando la voluntad del ser. Manada que carece de una coherencia, de un proyecto o visión totalizadora del mundo. En las fronteras del vértigo que de esto se desprenden, los proyectos de emancipación se han diluido desde la propia Academia y los promotores de movimiento social, en la medida que las masas desconfían de las teorías críticas de la realidad contenidas en los metarrelatos. Lo único que todavía podría romper las cadenas de la ignorancia y el fanatismo alrededor del mundo, las ciencias, se ven compartimentadas y privatizadas por lo Corporativo. En un neoenvolvimiento que incluso ha buscado la complicidad del lenguaje hermético” (8).

Por todo esto y otras muchas cosas, Kercentral Magazine es un pequeño grano de arena que un grupo de docentes e investigadores queremos unir a esa ya vieja lucha por la construcción de un pensamiento científico crítico que llegue a permear a la sociedad.

Tomamos prestada nuestra visión apoyándonos en el célebre Carl Sagan: hagamos que la ciencia sea la manera socialmente aceptada para el hombre-mujer de la calle que pretenda pesar una realidad que urge ser transformada.  

Y pensando en ello, estas son las categorías sobre las que estamos edificando nuestro trabajo:

Scientĭa (el conocimiento).
Ciencia y Humanidades (entre las dos culturas).
Psicología Social + Psicología Clínica y Psicoanálisis.  
Crítica cultural.
DD-HH.

Vladimir Carrillo Rozo .·.

Notas:

  1. http://www.carlsagan.com/
  2. https://es.wikipedia.org/wiki/El_mundo_y_sus_demonios
  3. http://www.agenciasinc.es/Opinion/Treinta-anos-del-invierno-nuclear-que-enfrento-a-Sagan-contra-Reagan
  4. http://verne.elpais.com/verne/2015/04/15/articulo/1429098765_280220.html
  5. http://www.astromia.com/astronomia/ecuaciondrake.htm
  6. C.P. Snow, “The Two Cultures and the Scientific Revolution”, Cambridge University Press 1964.
  7. http://internacional.elpais.com/internacional/2015/11/22/actualidad/1448219833_712885.html
  8. CARRILLO, Rozo Vladimir. Vida, trabajo y emociones en la realidad contemporánea. Heriwald Arts Studio. Madrid. 2014.

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LA CIENCIA EN LA CULTURA

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