Song of the petalars

Publicado: Sábado, 09 Abril 2016

De pequeño me encantaban los ThunderCats, del creador «Tobin» Wolf.  Reunía casi todas las cosas necesarias para emocionar a un niño que por entonces consultaba entradas imposibles de entender en la vieja enciclopedia Salvat de sus padres; pequeños dibujos y artículos sobre motores en artilugios voladores y otras extrañas maravillas. Eran los calurosos años en que veía capítulos de la legendaria serie que terminó por inspirar los planos de una nave espacial inviable a tan corta edad, y con la que fantaseé largamente con salir en busca de otros mundos… Thundera, el perdido hogar original de los ThunderCats, destruido pero reconstruido en el Tercer Planeta (aparentemente nuestro mundo en el futuro), era la prueba de que un volver a empezar tras el desastre era algo como poco posible.

Teniendo un recuerdo tan profundo de la serie, apenas natural fue que me lanzara sobre  la nueva versión que en 2011 produjera Warner Bros Animation y la japonesa Studio 4°C. Y aunque tuvo muchos críticos, creo que el argumento y la trama de la única temporada tienen momentos tan enrevesados e imaginativos como esperaban los fans de la mítica historia.

No me detendré ahora, pero pienso hacerlo en un futuro ensayo, en la profundidad y diversidad de elementos simbólicos presentes en la nueva serie: el conflicto mostrado por el choque entre ancestral misticismo y tecnológica racionalidad (ambos elementos están presentes en los supervivientes de Thundera), la orfandad y el choque con el Principio de Autoridad, la traición, la muerte, el viaje heroico en busca de un conocimiento perdido, etc.

ThunderCats

ThunderCats, serie original (1985-1989)

En este pequeño artículo quiero sólo referirme a lo ocurrido en el Capítulo 4, Song of the petalars. La excusa es la enigmática, y sin embargo simple, combinación de piezas de 23 minutos escasos de duración: Huyendo de los destructores de Thundera, las tropas del despiadado Mumm-Ra, los supervivientes se encuentran ante un misterioso bosque de zarzas. Lion-O, heredero al trono y hermano menor de Tygra, es presa de la tristeza por la violenta muerte de su padre, el rey Claudus. Es consolado por Cheetara, al parecer último reducto de la hermandad iniciática de los Clérigos de Jaga. Desde los inicios de la versión del 2011 se respira cierta tensión o atracción entre Lion-O y Cheetara, que tendrá un amargo desenlace para ambos.

Durante esta huida se topan con un recóndito, numeroso y desconocido grupo de pequeños seres surgidos de los frutos del bosque: los petalars. Están en medio de un ritual de nacimiento, en el que un bebé brota desde una semilla. “El regalo de la vida es frágil y no podrás tenerlo por siempre”, dice un anciano sonriente que toma al niño en brazos. Luego el capullo de hojas que formaban su cuerpo viejo simplemente se deshase y asciende en un leve remolino de otoño. Los cánticos que acompañan la llegada de la vida nueva y la partida de la vieja se interrumpen a la llegada de los ThunderCats. Es entonces cuando Lion-O conoce a Enriq, un niño cuyas palabras incesantes son una cascada de preguntas. Más tarde un adulto le contará en pocos minutos la historia de su pueblo: provenían de un lejano lugar, el jardín, un paraíso perdido hacia varias generaciones que ninguno de ellos, por supuesto, había visto con sus propios ojos.

Los mitos transmitidos oralmente decían que un terrible desastre natural, una fuerza huracanada, logró arrasar la antigua nación de los petalars. El viento les arrastró lejos hasta dejarlos en lo más profundo del bosque de zarzas, desde entonces generación tras generación camina por él intentando encontrar una salida y el regreso a su jardín perdido. Tienen como única memoria histórica un extraño mapa, que marca un acantilado donde supuestamente nuevas corrientes de viento les retornarán a su tierra ancestral. El pálido documento es un dibujo en una hoja seca de árbol.

La continuación de este, en el fondo milenario pero adaptado relato, se sella con una alianza entre los pequeños seres y los ThunderCats para salir juntos de la gigantesca zarza. El hecho es celebrado con júbilo, será recordado como una página nueva en la memoria colectiva de los petalars: el día en que unos gigantes y airosos felinos, unos individuos aparentemente superiores, aparecieron en medio del ritual de nacimiento y muerte para darles nuevas esperanzas de volver a su tierra prometida. 

La relación surgida entre Lion-O y el joven Enriq eleva al primero a la condición de futura leyenda heroica: el gigante señor de los ThunderCats habla al pequeño con sabiduría (“disfruta tu infancia, cuando se haya ido la extrañarás”), mientras éste le pide ser entrenado en la espada para un día convertirse también en héroe (por supuesto ninguno de los petalars ha visto hasta ese momento ninguna hazaña de los grandes felinos humanoides). Pero si hemos de recordar nuestra propia lógica “humana” en la elaboración de mitos, que está bella y brevemente simbolizada en Song of the petalars, vemos en la unión entre Enriq (una criatura frágil e inocente de los misterios más allá del universo del bosque de zarzas) y Lion-O (un titán todo fuerza, valentía y grandes conocimientos que exceden lo observable) los cimientos de una próxima (en generaciones) historia unida al mito (como explicación no racional de la realidad). En el lugar donde se confundirá su rastro, también comenzarán los primeros registros de memoria histórica y literatura en cada colectividad o foco civilizatorio, los petalars en este caso animado. Aparecen también otras maneras de entender a Enriq y Lion-O: el líder militar o nacional (su inspiración mitológica-institucional). Y por supuesto el buscador, viajero y poseedor de habilidades singulares para el combate, las artes o las ciencias.

Pero para sorpresa de todos, el relato da un giro. Un monstruo volador, un pájaro del bosque, captura a Enriq durante su entrenamiento. Cuando minutos después, según la percepción de Lion-O, vuelven a encontrarse, el pequeño parece haber experimentado el tremendo paso de los años: se ha convertido en un adulto, que sonríe enternecido al comprobar que su amigo y maestro “nunca dejó de buscarlo”. Es la iniciada Cheetara la primera en comprenderlo todo, antiguos filósofos thunderianos ya habían advertido de que el tiempo era relativo. Toda la vida de un petalar transcurre en un solo día de los ThunderCats. El dramatismo en las diferencias entre las percepciones del tiempo se representa con los ancianos desechos que devuelven sus hojas otoñales al bosque y nuevas semillas que al abrir revelan la promesa de una vida nueva. Todo bajo la mirada, primero impresionada y luego melancólica de Lion-O y  Cheetara.  

Esta simbolización subraya el estatus supernatural de los grandes felinos frente a los espirituales seres perdidos en el bosque desde tiempos inmemoriales. Como una especie de alusión al lugar mortal y breve del humano en el mundo, frente al inconmensurable poder que nuestra imaginación ha conferido a los dioses. Los grandes felinos, no sólo saben y conocen lo que hay fuera del universo de la zarza, además ven la realidad en una escala de tiempo totalmente inconcebible para los pequeños del bosque.

Pero quizás lo sorprendente de esta simpática historia es que, a pesar de todo lo anterior y a diferencia de nosotros si estuviésemos en su lugar, los petalars no convierten a los ThunderCats en dioses. De hecho cuando el terrible monstruo (la amenaza del mal en forma de pájaro) regresa para volver a convertir e Enriq en su presa, éste reacciona con furia frente a Lion-O por haberse atrevido a librar una batalla que legítimamente le pertenecía: el joven rey espantó al pájaro agitando la espada mística del augurio. Lo que tal vez simbolice un rechazo y revelación de la especie joven frente al antiguo y enorme Principio de Autoridad.

La caminata para salir de la zarza es acompañada del triste quejido último de los que mueren. Es entonces cuando Lion-O, que no puede apartar su mirada incrédula, arriba a las preguntas inevitables: “¿Cuál es el sentido de todo, reinos se levantan y caen, vidas vienen y van… alguno de nosotros vivirá para marcar una diferencia?” Los desgarradores interrogantes son respondidos por un Enriq que ha llegado ya a la vejez. Los minúsculos seres que no se dejan amedrentar por la magnitud del bosque, en realidad usan, necesitan, a los thunderianos como prueba de que la realidad es mayor de lo que ellos logran sentir y observar. Jamás pretendieron que éstos, en su condición supernatural, resolvieran el problema del conocimiento para llegar al paraíso perdido. Sí, los felinos eran superiores aparentemente en todo. Pero los petalars únicamente los usarían como metáfora de la esperanza, la simbolización de un poder mayor que puede estar de tu parte. Si los ThunderCats no hubieran aparecido jamás, sin duda los habrían inventado (como hacemos los humanos).    

Pero luego, como era de esperar, son alcanzados por el ejército de Mumm-Ra, que logra capturar a los felinos. La respuesta de Enriq al tamaño del desafío es probablemente el verdadero mensaje de la historia: “Este es el momento para el que Lion-O me ha preparado todo mi vida. Los ThunderCats son nuestros amigos desde que podemos recordar… han estado con nosotros… ayudándonos a ser quienes somos hoy. Es hora de devolver su amistad… ¡que este sea un día sobre el que nuestro pueblo cante en los tiempos por venir!

Tras la épica batalla las tropas enemigas incendian el bosque de zarzas. Cuando todos empiezan a dudar de la verdadera existencia del jardín original, los personajes han de responderse si verdaderamente la ilusión de la esperanza es suficiente impulso para buscar el camino y la respuesta a quién es cada uno.  El fuego que se pretendía aniquilador, se convierte en  purificador y revela el verdadero camino a casa. Enriq, como ocurre con frecuencia en los grandes mitos humanos, después de darlo todo a lo largo de su vida, no alcanza a conocer el jardín prometido. Termina su extrema vejez en las manos de Lion-O.  Su lección es trascendental: no importa cuánto tiempo se vive, sino cómo vivimos… el bien, los amigos, el amor compartido.

“Lamento no haberte llevado al jardín”, dice un Lion-O con lágrimas en los ojos. “Es el viaje… no lo olvides”, le responde Enriq antes de desaparecer.

El pequeño pueblo de los petalars se marcha con el viento a su destino final. Pero los ThunderCats, los que pudieron ser tomados por dioses pero terminaron aprendiendo lo más valioso, se preparan para presentar batalla: son sólo hojas al viento que mientras estén allí vivirán al máximo.

Evidentemente tenemos que resaltar la simple profundidad del mensaje de Song of the petalars; tanta que es casi difícil pensar que la serie esté dirigida exclusivamente a niños y adolecentes. Puede que tuviera mayores o menores pretensiones, pero la delicadeza del relato me llevó a esas tardes ya remotas en que trazaba los planos de mi fantástica nave espacial, y sospechaba que las cosas eran más complicadas e interesantes de lo que contaban en el colegio. Años después, al volver a ver algo de la historia de los fabulosos ThunderCats, nuevamente me encontré gratamente sorprendido. ¿Cuál es el lugar humano? ¿Nuestra analogía más adecuada son los petalars o los felinos cósmicos? ¿Somos la frágil especie que viaja en busca del mito del conocimiento y el lugar perdidos? ¿O somos la civilización en decadencia que viaja en busca de un sino distinto, también desde un supuesto conocimiento perdido, pero que sabe que el hogar original ha desaparecido?

Vladimir Carrillo Rozo .·.

Visto: 593

Artículos relacionados

Kercentral Magazine es posible gracias al apoyo de:

Gabinete Europeo de Investigación y Formación-GEDIF

Oil Justice

 

 

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

LA CIENCIA EN LA CULTURA

Guardar

Guardar