LIBERTAD DE PENSAMIENTO Y LIDERAZGOS POLÍTICOS

Publicado: Martes, 17 Octubre 2017

Todos los constructos asociados a lo que entendemos por liderazgos políticos, durante la persecución de algún de fin, proyecto común e incluso utopía político-social, en gran medida giran sobre el problema de las amenazas a la libertad de pensamiento. Liderazgo político y libertad de pensamiento forman un vínculo de prosperidad o de grandes enfrentamientos.

Vladimir Carrillo Rozo
Profesor en el Máster en Liderazgo Político del
IL3 - Universidad de Barcelona

FUENTE

Al referirnos a la condición de “liderazgo”, en el sentido de dinamización moderna de la communĭtas y de los factores alimentadores o promotores de movimiento social, también hablamos de cierta alianza, a veces conflictiva, entre ese agente dinamizador (el sujeto-dirigente individual o corporativo [1]) y las capacidades pensantes de la masa. Al no ser, claro, que entremos a analizar el hecho totalitarista “clásico” en sus dimensiones seductoras y alienantes.

Pero en el modelo que consideramos deseable, el de un orden basado en el imperio de la ley, las libertades civiles, la igualdad, etc., la auténtica dirigencia política (temporal por razones de sanidad democrática) necesita que en la sociedad liderada exista un pensamiento que sabe defenderse de aquello que se le opone (tanto desde la lógica del líder coyuntural de un proceso como desde la masa aspirante a una autonomía real).

En el sentido de los procesos políticos y la evolución de sus líderes, la libertad de pensamiento tiene a un antagonista principal en lo que (desde Marx) ya podíamos definir como el paso de una desacralización y secularización de todos los símbolos en la Modernidad (que se palpó dramáticamente en el Marx del Manifiesto, la Comuna de París y las posteriores grandes declaraciones de derechos) a una neosacralización del Mercado y la Seguridad, con mayúscula, elevados a valores, representaciones rectoras, medio y fin.

En efecto, es sabido que llevamos muchas décadas bajo la paulatina edificación (en crisis permanente) de un mercado con ademanes en la sombra cada vez más totalitarios; e igualmente es conocido que éste es capaz de desarticular y destruir a la colectividad humana ideada en la Modernidad y las grandes declaraciones de derechos (1776, 1789, 1793, 1945, etc.). Es decir, que ese “libre” mercado radical que no acepta responsabilidades ni respeta sus propias fronteras inmanentes puede modificar sustancialmente cualquier base (histórica o no) de un grupo social determinado, sea cultural, lingüística, de identidad, etc.

Durante el curso de esos escenarios observamos la gradual manifestación de dos conjuntos de fenómenos: por una parte, de la masa que realmente no logra pensarse a sí misma y, por otra, de la dirigencia política convertida en “clase social” diferenciada. Por supuesto, un grupo de vanguardia y sus líderes pueden mover a toda una sociedad o país para provocar un gran cambio estructural. Pero ese protagonismo debe siempre pasar a las masas, esto estaba muy claro en el Marx original; ¿qué puede ocurrir con éstas en algunas lógicas, ya viejamente conocidas, del Partido? Que corren el riesgo de tornarse en maquinaria conducida por un aparato burocrático que pasa a administrar un modelo dogmático que antes era una tecnológica marea revolucionaria.

¿No podríamos argumentar que ese mercado de rasgos totalitarios está comportándose como el Partido? ¿Uno cuya élite dirigente puede romper la identidad colectiva en los terrenos del consumo como mandato dirigido a la psiquis?

El problema de los ataques a la libertad de pensamiento, por ejemplo, en un amable totalitarismo, es que los líderes políticos pueden tener una evocación atemporal proporcional a esas crisis donde los grupos humanos no logran tener plena conciencia de ser lo que son. Podrían intentar detener la Historia, al no devolver el papel de vanguardia (soberanía) a las masas (las pluralidades potencialmente capaces de ser dirigentes de sí mismas), donde realmente reside la única fuente posible de legitimidad.

Un liderazgo político demasiado y sospechosamente fuerte, con relativa frecuencia, puede correr paralelo a variedad de obstáculos a la libertad de pensamiento. Para ver esto no es necesario ir hasta los efectos de la sacralización del mercado en las "construcciones identitarias" de todos aquellos sectores que conforman la sociedad. Es posible encontrar estos signos en armaduras como las impuestas en algunos núcleos de las grandes organizaciones político-sociales, donde la posición crítica con los líderes o el líder fuerte puede ser mal vista, ocultada o castigada. Aunque hablemos de un comportamiento que, en muchas ocasiones, no es demasiado notorio, ocurre en los procesos políticos importantes de todo el mundo.

Sí, liderazgo político y libertad de pensamiento conforman un denso sistema de nexos teórico-prácticos que se transforman en conflictos con relativa facilidad.  

Y, cómo no, las amenazas a la libertad de pensamiento pueden coexistir con el desarrollo económico, y éste con los ataques a la estabilidad mental de los ciudadanos/as. De hecho, en los tiempos que vivimos, esta “normalidad” masificada que se manifiesta en las estadísticas como el sujeto que profesa un amor profundo por la estabilidad malvada de las opciones ya conocidas y un temor básico al cambio (también político), se relaciona con aquellos trastornos, a veces sutiles, de pérdida de identidad.

Y la progresiva pérdida de identidad, acaso despersonalización, engrana muy bien con aquellos tipos de liderazgo político (antimodernos) que, antes de necesitar de la colectividad humana pensándose y reivindicando su propia soberanía, requiere de todos los dispositivos que eclipsan la libertad de pensamiento. 

En tales situaciones, dejamos de ver a individuos protagonistas de un relato cultural y sociopolítico que evoluciona con sus demandas de derechos. Y pasaremos a sufrir a individuos ya hablados e interpretados (Zuleta). En una casi reversión que se remonta hasta Hegel, nos encontraremos con hombres y mujeres que no desean deseos (ni reclaman reconocimiento-legitimación), sino que retransmiten un discurso ajeno y forzoso.

Un momento esquizoide de pérdida, de las características personales originales y de las coordenadas de la realidad, hace que el sujeto marche despavorido a cualquier relato (político, religioso, etc.) que prometa rearticularle en un "grupo" provisto de imagen y líder (politĭcus). Pero esto tiene un precio: que su "nueva comunidad", probablemente, exhiba muestras de paranoia en sus representaciones sobre la realidad (en tanto totalizadoras), donde la divergencia o el espíritu crítico se convierten en valores proscritos.

Una paranoia, claro, entre grupos y entre sujetos. Asistimos al surgimiento de una ecuación socio-matemática:

Obstáculos a la libertad de pensamiento + crisis de identidad = rigidez de liderazgo + paranoia colectiva

En estudio del contraste con estos oscuros contextos, durante este programa de Máster en Liderazgo Político de la Universidad de Barcelona, se pretende abordar un tipo de líder que sí necesita del debate, intercambio y proceso dialéctico con el otro para completar un relato que necesaria y permanentemente está a medio construir. Frente a la extensión y masificación de estados mentales que alteran la percepción de la realidad, es necesario investigar formas de entrenar y ejercer la dirigencia política, social, productiva, etc. fundadas sobre la duda y la controversia acerca de todos los componentes de la Carga Simbólica (2) de individuos y grupos. En suma, un papel central para el pensamiento libre y la capacidad interpretativa del sujeto. Lo contrario es aceptar un proyecto y un discurso político dominante por medio de la fe.

Con el tiempo, un proyecto de sociedad siempre tiene que ser refundado. Al igual que un lenguaje (el relato) siempre tiene que ser reapropiado y resignificado por los más jóvenes. Con lo que la estructuración de la vanguardia y la dirigencia debe regresar a lo colectivo: en la cuestión de la conducción de la tribu digital y global los individuos son accidentales, la sociedad debe conservar maneras de crear continuamente el liderazgo político entre sus miembros. De lo contrario no lograremos salir de esta impresión, generalizada desde hace mucho tiempo, de que no somos dueños del devenir y nuestro modo de vida sirve a intereses alejados de la mayoría.


Notas:

1-En la definición de la RAE: "Organización compuesta por personas que, como miembros de ella, la gobiernan".

2-La Carga Simbólica (Psicoanálisis) es un concepto que desarrollo en otras publicaciones, ésta encierra, mediante una serie muy amplia de representaciones inconscientes, adopciones e implantaciones culturales, los códigos que permiten mapear los principales aspectos que comprenden la identidad de un individuo. A través de los subsistemas que la componen (Filtro Emocional, un conjunto de códigos y modelos simbólicos) el sujeto crea un marco por medio del cual leer la realidad; creando una matización con unas particulares fluctuaciones de ánimo y cambios somáticos leves que lentamente ayudan a formar modelos finales de conducta. La vida del sujeto está marcada por las relaciones que esa Carga Simbólica establece con el entorno, ésta empieza a estructurarse desde la propia aparición del Yo. Su primer fin es psicodiagnóstico (establecer si el otro es una amenaza o si es posible la comunición) y su principal función es la demanda de reconocimiento y legitimación por parte de otras cargas simbólicas.  

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