LA LIBERTAD NECESITA DE LA DIFICULTAD

Publicado: Martes, 17 Octubre 2017

Una de nuestras derivas mentales preferidas es, sin duda, la extraña necesidad de imaginar una felicidad sin precio, lisa y definitiva. Hablo de esa tendencia, en soledad o colectiva, a inventar el paraíso: aquel donde, por ejemplo, lo político ha quedado zanjado, el dolor del pensar ha desaparecido y todos los amores se han realizado.

Vladimir Carrillo Rozo
Profesor en el Máster en Liderazgo Político del
IL3 - Universidad de Barcelona

El raquitismo de esta contemporánea imaginación queda, pues, algo palpado en un país del imaginario donde los avatares del existir, al parecer, están resueltos. Aunque sin pasar por todas las batallas que la valerosa persecución de la utopía requiere en la buena literatura. Y es que la pobreza de espíritu queda plasmada cuando intentamos el ejercicio del refugio “perfecto” en el país de la subjetividad profunda: para empezar, la posibilidad de la muerte queda reducida, la batalla se hace menos dura. En nuestros países del imaginario, los riesgos y peligros jamás son tan fuertes como los atributos humanos que inexplicablemente pasamos a poseer. Sabemos responder a todas las ofensas, los enemigos nunca llegan a ser tan fuertes y todo tiene el aspecto aparentemente dulce y embriagador del sueño “nuevamente” objetivado. De hecho, en el nirvana imaginado el peligro real nunca ha llegado a existir.

El problema, tal vez, de nuestra afición a “inventar el paraíso” es que en éste no queda rastro alguno de la carencia (material o inmaterial) que caracteriza la dureza “exterior” de la realidad. Y sin falta no hay deseo (uno que sabe de la posibilidad de la muerte). Es como si la semi-divinidad humana del edén inventado a cada paso quisiera librarnos, precisamente, del desear deseos, que en la mayoría de los casos dependen del otro y la otra. Como si el deseo no alcanzara siquiera la condición dada.

Lo anterior tiene nexo con otro universo, esta vez, inmerso en la cotidianidad: la proyección de mi ideal en su faceta más práctica, el fin de mi aspiración en el proyecto concreto de vida personal y social que he elegido, se ve influido de varias formas por todos esos constructos psicológicos que se recrean en la invención de mi propio paraíso (sin combate, sin miedo y dolor por la pérdida). Este vínculo adquiere su notoriedad cuando pasamos a “creer” en la probabilidad de una salida totalmente limpia a las partidas dialécticas que llenan la vida de cada día, en la solución finalista y una estabilidad absolutamente segura frente a las tormentas que sacuden lo socio-cultural y político-económico.

El gran intelectual colombiano Estanislao Zuleta decía: “Puede que nuestro problema no consiste sólo ni principalmente en que no seamos capaces de conquistar lo que nos proponemos, sino en aquello que nos proponemos; que nuestra desgracia no está tanto en la frustración de nuestros deseos, como en la misma forma de desear. Deseamos mal”.

¿Habría diferencia entre anhelar el paraíso inventado y recrear la imaginación en todos los recovecos de los dramas desprendidos de estar vivos y vivas? ¿Por qué no fantasear en la batalla de la relación humana que transmuta e impulsa a pulir todas las esquinas de nuestro edificio? ¿Es que verdaderamente puede existir, o tiene alguna utilidad, el flirteo que se convierte en amor pasional sin la batalla que guarda el fin de todo como posibilidad? ¿Qué gracia tiene el consuelo del candor sin el fragor de la batalla donde hay dolor, por el cual sabemos que el placer existe?

¿El amor sin lucha ni escaramuza, y por lo tanto sin derrota, de nuestra imaginaria invención - refugio del paraíso no es, en verdad, nada más que la triste intensión de volver al fondo de la tierra y las profundidades creídas como seguras del vientre materno? Y cuando digo “amor”, señores y señoras, también hablo de libertad, igualdad y fraternidad.

“En vez desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala-cuna de la abundancia pasivamente recibida. En lugar de desear un filosofía llena de incógnitas y preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global, capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han existido o por caudillos que desgraciadamente sí han existido”.

Por otra parte, el elíseo “seguro” y liso de la imaginación (la creencia en el goce [implantado], en cuanto mandato del Superyó, como promesa verdaderamente realizable) casi implica la negación del otro/a. La virtualización y frivolización de las prácticas socializadoras (rasgo claro del Individualismo como corriente filosófica) alimenta este proceso, ya que inevitablemente han afectado las nociones más “clásicas” de deseo, fantasía, erotismo e incluso acción política y ejercicio estético. Todas esas funciones “vitales” del individuo moderno están orientadas al otro/a distinto de mí mismo. Pero ese otro/a se ha desvirtuado, descontextualizado, debido a que ese edén en el país del imaginario habla de un amor absoluto sin lucha (también ideológico) que no necesita del otro.

El contacto y nexo social tiende a cambiar con la virtualización y frivolización, el erotismo codificado en la fraternidad como valor de tradición ilustrada adquiere otros usos instrumentales (en algunos ámbitos llega a convertirse en valor proscrito). Lo que impide la lectura de la realidad desde un otro que altera el espacio liso y lo llena de geografías diversas y explorables.

¿De verdad vale la pena desear (mal, según el pensador Zuleta) prescindiendo de la erotización que proporciona la batalla real que implica al otro? Mejorar como sociedad implica establecer un juego con las perspectivas, sospechas, angustias y temores. Avanzar involucra grandemente a la dificultad.

Fundar nuestras necesarias fantasías sobre la conquista terrenal de conocimientos y la lucha de la construcción social deriva en un esfuerzo narrativo que apunta por completo a justificar mi presencia (utilidad) en un espacio social y político. Se trata de una pugna por re-contextualizar al individuo, por lo tanto de erotización de sus acciones constructivas.

Nos estamos refiriendo a re-contextualización-erotización de la acción constructiva = soberanía (del individuo y el sujeto colectivo). La narración es la antiquísima lucha por la emancipación del ser, dejando constancia de todas las angustias que la acompañan. Por eso la Libido, las fantasías… los deseos se hayan comprometidos. En el otro extremo está el individuo descontextualizado, al que se le ha prohibido la erotización de sus impulsos creativos y fantasea con un retorno al paraíso original. Es el hombre y mujer literal, subsumido por la producción en los tiempos de la ansiedad y el sectarismo.

En esto no veremos otra cosa que la intensión imposible de "revertir" la pérdida primordial de la especie humana. Lo que, eventualmente, puede terminar alimentando a sujetos y grupos que persiguen versiones de la realidad que no necesitan del otro, de entre éstos nos llegarán noticias de aquellos que también decidan negar simbólica y fisicamente de ese otro.

En síntesis, nuestra tendencia a la invención del paraíso atenta contra el buen juicio. Y en escasez de éste el advenimiento de la fantasía puede cumplirse en la mente del observador. Por supuesto, la realización completa de la fantasía no es más que una ilusión mental, pero que se podría modelar en el lenguaje. Querer realizarla objetivamente, no comprender la matemática íntima del deseo y su diálogo con nuestra Energía Psíquica conduce a la pesadilla, a la saturación psicológica.

La fantasía no realizada jamás es necesaria porque ayuda a reglar la realidad. Realizarla es destruirla, nunca un despertar a la sustantividad sino a un terror simplemente opuesto a la completa ausencia de la más pura esencia del deseo al interior del individuo. Who watches the watchmen?, se interrogaba en sus muros sucios el país que veía la brutalidad de algunos de los Vigilantes, mientras un cándido Búho Nocturno se lamenta de la desintegración social, y con gran perplejidad pregunta qué había sido del sueño americano. A lo que el sádico Comediante sólo puede contestar: Se hizo realidad. Lo estas mirando…

En sentido de todo lo anterior, esta humanidad dada a la ensoñación barata y mercantil se torna superficial incluso en la interpretación de sus propios mitos. Eva quiso librarnos del paraíso, estando nuestra más grave falta en la intención de regresar a él, se lamentaba el profesor Zuleta; y recordemos que todas las promesas de su realización en la Tierra han necesitado de una administración de la violencia proporcional a sus elevados fines, en ocasiones resumidos en la invitación a desear el ideal que reside en un relato que está en otro. Es conocido el estado paranoide respecto a las pretendidamente "nuevas" verdades hegemónicas en que fácilmente caen quienes llegan a prometer la llegada de la utopía, la causa materializada, la realización de la fantasía… cultural y política, por ejemplo. Y que, por supuesto, piden la adhesión a la acción sin crítica, matizada en discursos sobre la seguridad y salvaguarda del modo de vida, pero también como guerra santa y “orgias de fraternidad”.

La paranoia de las verdades hegemónicas tiene puentes sólidos con el ideal de una sociedad en ausencia completa de conflictos y luchas internas, sin interpretaciones alternativas de la realidad: en lo que vemos la abolición por decreto del posible interrogante y la visión divergente, remplazada por la plenitud de pertenencia al proyecto. En tales estados los individuos pueden responder a extrañas llamadas al sacrificio y el heroísmo absurdo.

Es allí donde con mayor intensidad volvemos a soñar con el paraíso liso, sin dolor ni choque dialéctico, como una sacralización de la circunstancia (que me libera de la responsabilidad y la culpa por no pensar la crítica soberana). Vivido como deseo lo que es ausencia de él. 

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