LA DEPRESIÓN: uno de los grandes relatos contemporáneos

Publicado: Viernes, 27 Enero 2017

La tristeza y la depresión son afecciones cuya documentación retrocede mucho en el tiempo. Al parecer existe algún momento de la Edad Media donde los miembros de la vida monástica llegan a dos sentimientos encontrados: el producido por el mito del sufrimiento en la Tierra a cambio de la salvación eterna en el reino de los cielos y la necesidad clara (prácticamente premoderna) de lograr alguna clase de gozo en vida. Hubo un extenso periodo del Medioevo donde las órdenes religiosas, los benedictinos por ejemplo, centran casi toda su vida en los monasterios, que por toda Europa llevan a cabo una especie de nueva compartimentación del conocimiento, relacionada con la pasada degeneración urbana e imperial.

Estas órdenes vivieron una gran acumulación de riqueza, por una parte desprendida de ejercer como señores feudales en sus dominios y por otra del fructífero comercio creado en la salvación de las almas, que se tradujo en la canalización de grandes recursos por parte de muchas familias nobles. A su vez las crónicas históricas hablan de la llegada de una notable decadencia moral y espiritual de los monasterios, que seguían ejerciendo como fuentes de cultura, y que terminaría con una reacción en su propio seno pretendiendo regresar a una Regla más estricta. Esa reacción tendría su punto de referencia en el año 910 con la fundación del Monasterio de Cluny en Francia, donde la tradicional Regla del benedictino Benito de Aniano se retomaría como la norma de austeridad y disciplina.

Tal vez, y esto es claramente una especulación, la acumulación de riqueza frente a los dogmas religiosos tuvo algo que ver con esa tristeza que describen algunas crónicas de la época. Si bien la vivencia religiosa no “debía” ser demasiado alegre, la idea de búsqueda de “iluminación” probablemente presentaba algunas contradicciones con esa tendencia a la melancolía. Este último rasgo llegaría en forma de valor hasta el Romanticismo. Durante mucho tiempo se ha considerado al filósofo, al genio pensante o al artista como sujetos naturalmente melancólicos y depresivos. Como si la misma exploración de la realidad, la psicología humana y la creatividad pudieran colocar más cerca a la locura (aunque sea sutil).

Varios autores, como Zilboorg, han subrayado el carácter fenomenológico casi inalterado de la depresión a lo largo de los siglos (aunque el término como tal aparece en el siglo XX). Pero serían Freud y Abraham quienes empezarían a crear un modelo para explicar la dimensión psicológica de esta patología.

Es interesante la relación entre depresión y capital: la lógica de éste tiende a concebir al sujeto depresivo como un ataque a su propia ética de trabajo (ininterrumpido, insensible, acelerado, automatista). Como si todo lo que se opusiese al mito de la acumulación incesante de riqueza y la continua apropiación del producto del trabajo, no fuera más que un atentado “típico” a la producción por parte del antiliberal oscuro y perezoso (el obrero desposeído de propiedad). Cuando en verdad hablamos de una patología tremendamente propagada por la forma en que estructuramos el trabajo en el capitalismo.

En el diccionario de la RAE la depresión es un síndrome caracterizado por una tristeza profunda y por la inhibición de las funciones psíquicas, a veces con trastornos neurovegetativos. Desde los años 70 del XX la depresión es abordada por muchos especialistas como una epidemia. Sobre todo entre los 60 y los 80 es tratada mediante un masivo tratamiento farmacológico (en base, por ejemplo, al Prozac); que si bien resulta necesario adolece de una visión integral de lo que entendemos como el “sufrimiento humano”. En este sentido, el Prozac es pensado como la gran mercancía capaz de revertir la depresión que se extendía entre las masas (formada, a su vez, por mercancías teóricamente auto-conscientes). Tal vez es Kramer quien mejor lo define: la curación médica ha sido remplazada por una especie de “farmacología cosmética”, que tiene como fin una reorientación de la personalidad a las demandas del modelo de producción (competencia, hiperproducción, consumo, marca personal, etc.). Arribando a un momento donde las adicciones se han convertido en credo (drogas blandas, consumos desviados, etc.), dañando, además, el nexo y vínculo social (mediante el embelesamiento que destruye el lazo con el otro).

Desde el punto de vista del Psicoanálisis, uno de los problemas radica en unificar fenómenos que tienen diversos orígenes bajo el paraguas conceptual de la depresión, centrándose en los efectos probables de la medicación. En parte, lo anterior se deriva del reordenamiento que en los últimos años han introducido los grandes manuales diagnósticos, que sustituyeron o desglosaron entidades clínicas con una enorme utilidad: como la histeria (cuestión que también hemos visto en la prevalencia de la esquizofrenia). La depresión es hoy, pues, una categoría muy amplia con  dificultades para diferenciar un determinante neurótico o si involucra rasgos psicóticos o una perversión. Recordemos que en Psicoanálisis existen unas estructuras clínicas, digamos, clásicas que intentan especificar el diagnostico (e introducen criterios cuantitativos).

Centrar la depresión como un problema de “desequilibrio químico”, es prácticamente una reducción vulgar del sujeto a su dimensión técnica. Probablemente existen millones de casos donde no podemos llegar a prescindir de medicación, pero igualmente hemos de considerar que ese sujeto presa de la tristeza con seguridad no tiene un estado de ánimo totalmente explicable por sus bajos niveles de serotonina. Tal cosa sería como argumentar que nuestro confuso momento histórico es, en realidad, la época más simple jamás vivida por nuestra especie. Sí, la medicación puede cambiar el estado de ánimo. Pero no entrar a una exploración profunda de la psiquis del paciente (la reducción técnica, pragmática, vulgar del malestar humano) es como negar que una bicicleta de travesía un día necesitará algo más que unos cuantos parches que impidan temporalmente que las ruedas se desinflen, y que ignorar esto provocará sencillamente que éstas estallen en el momento más delicado del viaje. En resumen, centrar el malestar como algo asociado exclusivamente a la química del cerebro es también obviar la responsabilidad del negocio farmacéutico en la propia alienación del sujeto e ignorar sus cadenas causales.

Esta universalización de la causa química también tiene un efecto masificante, que viene a negar la conocida diversidad subjetiva que nos caracteriza (lo que niega, como sabemos, parcelas de realidad del sujeto). Si bien la farmacología puede ayudar grandemente a organizar los fenómenos (por la respuesta al mediador químico), no es posible afirmar que la total diferenciación o diagnóstico de un trastorno ocurre en función a una respuesta al medicamento: una enfermedad, por ejemplo de posible origen neuroquímico, no existe solamente porque exista el medicamento que parece producir un efecto deseado en el sujeto. Es decir, estamos ignorando todo un universo de causas que podrían ser reveladas con ayuda de las estructuras clínicas del Psicoanálisis y el propio papel del analista: la lógica de la transferencia. Donde se intentará encontrar las raíces del trastorno, como la depresión, en la arquitectura más profunda del sujeto (subjetividad). Hablamos de un relato (expuesto en la terapia) que desgrana las relaciones codificadas en la afección. Como se argumenta en otros campos, la respuesta está en el sujeto que narra.

La realidad también es, parafraseando a Foucault, lo que el sujeto cuenta sobre el cómo y el porqué de su mundo

La realidad no es solamente una pieza fría, técnica, revelada por los efectos estadísticos de la medicación. La realidad también es, parafraseando a Foucault, lo que el sujeto cuenta sobre el cómo y el porqué de su mundo.

En relación a todo lo anterior, es necesario referirse a los “afectos”: para Freud éstos guardaban una dosis importante de engaño, desprendida de una interrupción entre ese afecto y la “representación”, debida a la lógica de la represión inconsciente (falso enlace). Por ejemplo, en los cuadros obsesivos no existe una correspondencia entre la “representación” y el afecto. Aquí el vínculo es una remplazo de lo reprimido, por lo tanto es engañoso. Teniendo como única excepción a la angustia, que no se asocia a una representación.

Guy Trobas llegó a la caracterización de la depresión como “anorexia epistémica”, donde el individuo inhibido no presenta una demanda clara de tratamiento (un impacto directo sobre el saber que diluye cualquier interés en los cimientos que permiten a ese saber ser tal). En gran contraste con la angustia (una anticipación casi literaria de la tragedia), en la depresión todo lo negativo no está por ocurrir, sino que es ya presente e inevitable.

En Freud la depresión está unida a la neurosis, en la que se experimenta (a nivel primario) una “depresión anímica” y cierta disipación del Yo. Por otra parte, la depresión también está relacionada con esa “inhibición generalizada” nombrada en Inhibición, síntoma y angustia: aparecida cuando ese agotado individuo deprimido debe hacer frente a los vaivenes emocionales propios de la existencia humana. El deprimido cae en distintos estados de extenuación (la “inhibición generalizada”) luego de momentos de exaltación emocional. En Duelo y melancolía (1917) el sujeto con total desinterés por los asuntos de la cotidianidad vive una especie de “duelo”: lo que significa, entre otras cosas, que la líbido es reenfocada desde su relación con el objeto perdido. En ese mismo orden de cosas, se arriba a la depresión cuando el sujeto se culpa a sí mismo de la pérdida del objeto (del amor). Es decir, cuando no logra la “sustracción libidinal” dirigida al objeto y al mundo en general.

Por todo lo anterior, cobra una gran importancia ese flujo hablante del sujeto cimentado en su propia subjetividad: un universo de metáforas ambientales que revelan su estado anímico y el momento de sus deseos. En este caso, deseo como motor del cambio (movimiento), cuya debilidad conduce a un adormecimiento depresivo. Lo que describimos es una alianza entre el criterio cuantitativo de la medicación y lo cualitativo guardado en el relato.

El acercamiento al sujeto narrado (que igualmente gira alrededor del goce y el deseo) es el tendido de un puente a la estructura de su inconsciente para encontrar la verdadera cadena causal del malestar. El Psicoanálisis es un viaje a las profundidades del sujeto. Para descubrir, por ejemplo, que la depresión (como parte de la clínica de la neurosis) conlleva una “suspensión de la causa del deseo”. El sujeto narrado tiene parte de su quehacer en el habla sobre el goce, con objeto de consumar la separación del objeto como condición para expresar la causa del deseo. Pero si la líbido inviste al objeto (fantasma en Lacan) observaremos el plus de goce. La “suspensión de la causa del deseo” está relacionada con el plus de goce resultado de caer en el deseo.

La complejidad de todo esto derivó, en Freud, en conceptualizaciones que tuvieron que usar mucho la imaginación, como “miseria neurótica”. Vemos definiciones que revelan a un sujeto fuertemente atacado por contradicciones sociales, culturales, etc. que todavía hoy nos acompañaban. En este sentido, la depresión (como la aparición de un individuo con la impresión de que nada en el mundo tiene sentido) efectivamente es signo de una deriva cultural que vacía de sentido al propio relato soberano del hombre y mujer corrientes, con el fin de adaptarlo a las demandas del modelo. Nos referimos a una “causa del deseo” en cada uno/a, que es reorientada para que demos valor a cosas que tal vez no lo tengan. ¿Cómo no podría llevar a la depresión una eventual y superficial reflexión sobre la causa y la manera de nuestros deseos, que de repente muestre la profunda falta de sentido de muchos componentes de nuestro modo de vida?

Algunos aspectos históricos de la depresión:

Freud relacionó originalmente a la melancolía con la sexualidad y el autoerotismo (relacionado con el síndrome melancolía-manía). Existían, además, sospechas sobre variedad de determinantes genéticos. Pero también con ciertas pérdidas de la líbido que se movían entre sujetos teóricamente fuertes (presas de neurosis de angustia) y débiles (presas de melancolía).

En la melancolía hay un dolor por la pérdida que afecta a la autoestima. Pero hablamos de un duelo por una falta que puede extenderse desde el objeto y el ser amado hasta construcciones complejas como la patria. El vaciado de sentido que el sujeto observa en la cotidianidad le provoca una gradual falta de interés en los asuntos del mundo, que puede conducir a la autoculpabilidad y eventualmente a provocarse daño físico a sí mismo/a (hasta el suicidio).

Alrededor del Yo existen diferenciaciones: por una parte la melancolía como pérdida que convierte al Yo en “entidad” parcialmente vaciada de sentido. Y por otra, el duelo como lento y agotador desprendimiento de la líbido en referencia al objeto perdido, dejando (al Yo) ciertamente desinhibido. De forma, pues, que estamos ante dos acontecimientos (melancolía y duelo) con diferenciaciones.

En teoría, el factor tiempo debería aliarse con el principio de realidad para retornar al sujeto (que mantiene una identificación con el objeto perdido) a la normalidad. Aunque en el caso de la melancolía la profundidad de esa identificación conlleva un extravío del mismo Yo: por ejemplo, en el autoreproche (en el caso de una relación objetal de tipo oral, que tras la pérdida conduce a la melancolía y sus rasgos regresivos). Es de importancia destacar al narcisista que presenta una demanda de “gratificación” dirigida al objeto. En cualquiera de los casos la autoculpa parece ser una agresión al Yo debida a que éste contiene al objeto (introyección). Pero no olvidemos el papel del Superyo: origen de la futura culpa por haber deseado. De todo lo cual obtenemos una especie de circuito atenazador del individuo: pérdida del objeto-culpabilidad-depresión.

LA DEPRESIÓN: uno de los grandes relatos contemporáneos

Deseamos pero rechazamos al objeto perdido.

En el modelo sobre la depresión de Abraham (Notas sobre la investigación y tratamiento de la locura maníaco-depresiva y condiciones asociadas, 1911), ésta derivaba de instintos reprimidos y estaba unida a la ansiedad. Es un momento donde la perspectiva psicoanalítica pretende incluir los desórdenes afectivos (represión y proyección). Además observamos la cercanía entre depresión y obsesión (basada en el “bloqueo” de los afectos). Vemos al sujeto que vaga por ahí preguntándose, ¿por qué nadie me quiere, por qué todos me odian? Un océano de goce consistente en la autodestrucción-autoreproche, a lo que sigue la verdadera fase maníaca. Luego de 1916, este autor concluye que la depresión podría ser una regresión (a la fase oral). Sin embargo, es con Melaine Klein que se explora la depresión en la infancia (desde la lactancia): pérdida-duelo.

En el niño se observan los efectos de la separación del pecho materno: en primer lugar la demanda y la consiguiente “impulsión oral” al ser apartado de la fuente de satisfacción. Esto podría derivar en el adulto “algo caníbal” que desea morder en cierta reminiscencia de los momentos en que apretaba el pezón de la madre para evitar la pérdida. Tales rasgos también pueden verificarse en el profundo narcisismo del melancólico (regresión a las instancias orales). Básicamente lo que podemos traducir de lo anterior, entre otras cosas, es a un sujeto donde el deseo hacia el objeto va a acompañado de cólera y exasperación; porque en etapas orales esas inestabilidades sólo desaparecían con la satisfacción (que ciertamente puede ser recordada). El deseo acompañado de rabia implica autoculpa, dolor y amargura.

En Bibring la depresión es un “estado yoico”: el Yo como debilidad, como campo de batalla entre los impulsos narcisistas y su propia certeza acerca de la inviabilidad de seguirlos. Nos referimos a un individuo que se tiene por incapaz para el amor, el cumplimiento de objetivos, etc. Desde donde se argumenta el nexo entre la sensación de incapacidad (aunque ésta sea imaginaria) y la depresión.

Por supuesto toda depresión requiere de un objeto de deseo y la impresión de que se es incapaz de alcanzarlo (también en el futuro). En este sentido, existe igualmente una relación entre cólera por no alcanzar el objeto del deseo y la debilidad psicológica del sujeto (Rubinfine), que podría también originarse por distintos desafectos o falta de amor de la madre. En síntesis, el Yo necesita de un “entrenamiento” para resistir la siempre amenazante llegada de estados como la angustia o la depresión.

Desde la perspectiva lacaniana el Yo aparece en el estadio  del espejo (entre los 6 y 18 meses), donde la madre devuelve una mirada que prácticamente introduce la conciencia de la propia corporeidad. El Yo parte de una arquitectura recreada por la imaginación a partir de ese otro Yo que le devuelve el espejo. Es la estructuración del Yo, entre otros factores importantes, lo que permite el tejido social: es la imagen del individuo con respecto a los demás. Desde Lacan puede explicarse al Yo como algo presente en el registro del imaginario (no en lo simbólico ni en lo real). Es decir, el mundo, la realidad, etc. es un constructo imaginado respecto al Yo, lo que inevitablemente implica ciertas dosis de narcisismo.

Ahora bien, la depresión está relacionada con una debilidad centrada en un narcisismo que debería oponer defensas a la acción de todos los objetos. Es la razón por la que Lacan piensa en un espejo oscurecido como analogía del Yo en depresión que no logró diferenciarse como una entidad distinta dentro del todo de la realidad. El propio sujeto cree poder estar al interior del mundo pero, al mismo tiempo, al margen de los otros: es el dolor orgulloso del que contesta con silencio y cabeza baja ante la hostilidad del entorno (¿arrogancia depresiva - aislamiento narcisístico?).

Tal vez sea importante aclarar la diferenciación entre Yo y sujeto: el primero como imaginario narcisista y el segundo como vehículo de socialización basado en el inconsciente (todo acto tiene una raíz o una corriente alimentadora inconsciente). De ahí que subjetividad y sujeto tengan un papel de mutua fundación al desenvolverse éste en la cultura.

Algunas escuelas antiguas de pensamiento hacen diversos llamados para que el individuo se “haga cargo” de su propia existencia con respecto al resto de la realidad. De lo que podríamos traducir una invitación a conquistar dosis aceptables de soberanía para ejercerse dentro del lugar relativo que tengamos al interior del sistema cultural (la red de relaciones intersubjetivas o la cadena significante de Lacan). La cultura es esa red simbólica (por significante) que ayuda a instituir y constituir al sujeto.

Ahora bien, una vez dentro de la cultura ese sujeto protagoniza variedad de acciones: por ejemplo, puede mirar y escuchar, proyectar e interiorizar. Entre ambos fenómenos hay unas distinciones importantes, la objetividad se forma en la temporalidad que otorga lo visual; mientras la escucha viaja hacia el interior, la temporeidad. La primera es representable en un modelo espacio-temporal, la segunda integra en un solo conjunto pasado, presente y futuro. El interior del sujeto, donde la única certeza es la muerte y la incertidumbre, es todo temporeidad. Y la acción de éste hacia el exterior es, en efecto, temporalidad. La cuestión aquí, para el tema que nos ocupa, es que la acción de “mirar” del sujeto depresivo (como parte de una cultura) se torna oscura y vacía. Es la realidad como espejo ennegrecido, donde el peso de una única certidumbre sobre el fin de todo gana terreno al deseo. Cabe destacar que, en todo este escenario, el sujeto puede ser enfermado (del duelo a la depresión) también por hostilidades provenientes del propio modelo cultural.

En la cuestión de la melancolía y la depresión, por supuesto, debe considerarse, desde Freud, el principio del placer (como motor vital) y la pulsión de muerte: Eros como construcción de tejidos simbólicos-culturales y Thanatos como destrucción y vaciado de sentido de éstos. Esto último se ilustra en la arquitectura del relato del sujeto deprimido, como interiormente oscuro aunque presentado como externo al propio individuo. De ahí que el psicoanalista necesite ir hasta las mismas codificaciones encerradas en ese relato que parece ajeno al paciente. Para, tal vez, descubrir qué parte de esa pulsión de muerte palpable en el lenguaje del melancólico está fuertemente relacionada con la deriva trastornada y violenta de nuestro tiempo cultural, donde el deseo del deseo (1) ya no es lo que fuera (¿el placer de la búsqueda de un sentido?).

En esta época del “decreto” posmoderno, el individuo, en tanto entidad orientada al consumo (esa mercancía autoconsciente vista por Marx), se ha visto “contagiado”, convertido en su propia causa del sufrimiento. Tal vez debamos debatir si la depresión es una de las innumerables grietas abiertas en la misma retorica del Individualismo que convirtió al narcisismo en un asunto militante (sectario, ansioso… neoliberal).

¿Es que no tenemos razones para pensar que la forma como se orienta el consumo y el comportamiento (una ingeniería de mandatos de goce) no está relacionada con el agotamiento depresivo del sujeto actual? ¿No hay un vínculo entre egoísmo militante y fatiga depresiva, con esta orfandad en la que vive el individuo desengañado respecto a las instituciones de la actualidad?

Melancolía y depresión se han convertido, pues, en parte del relato contemporáneo sobre el ciudadano medio frente a las crisis económicas, políticas y la decadencia cultural. Un relato que describe a una especie de “anti-sujeto” (el espejo ennegrecido) amenazado por la sensación de fracaso ante las contradicciones del sistema y seducido por el consumo sin sentido a modo de “drogadicción blanda”.

Con lo cual esa noción de “suicidio” que clásicamente ha estado relacionada con la depresión en sus estados radicales, se ha convertido más que nunca en algo gradual y a veces metafórico: el individuo grandemente deprimido de hoy tarda largo tiempo en suicidarse, al lanzarse al vacio demora mucho en llegar al fondo del abismo porque el acto mismo se ha dilatado y matizado. Asistimos a la extensión de una especie de suicidio simbólico consistente en el vaciado de sentido de la realidad y la fuerte irresponsabilidad-deprimida social, donde todo nexo colectivo se desvirtúa. Como en una de esas extrañas parodias del cine sobre zombis, vemos al hombre/mujer presa de un goce acostumbrado a vivir indiferente al horror siempre posible, inclusive ya representado en el cine, la TV y la literatura sobre catástrofes apocalípticas.

Por supuesto esto, de nuevo, coloca a la depresión y melancolía junto a una pregunta que nunca ha dejado de ser filosófica: como diría Albert Camus en Le mythe de Sisyphe (1942): No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación.                

Vladimir Carrillo Rozo .·.

 

(1) Como sabemos, el deseo está ligado con el deseo del otro (Lacan); y su fundación se basa en una especie de ciclo pérdida-culpa y pérdida-castración. Lo anterior se halla relacionado con la forma en que el fenómeno conocido como Nombre del Padre actúa para reprimir el Complejo de Edipo. En este sentido, clásicamente el Psicoanálisis ha desglosado a la depresión en relación a su estructura (neurótica, psicótica y perversa). En general, la neurosis es un efecto del hecho de la castración, de la forma en que se llega al Nombre del Padre y la función paterna

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